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viernes, 24 de febrero de 2012
La distancia Hiperfocal en Fotografía
sábado, 19 de junio de 2010
INOLVIDABLE SARAMAGO

El pasado medio día moría en Lanzarote José Saramago, uno de los escritores más relevantes de la Literatura de nuestros días. Nació en Azinhaga (Portugal) el 16 de noviembre de 1922, y esta mañana moría en Tías, Lanzarote, Las Palmas, a la edad de 87 años. Pocas cosas que añadir a los ríos de tinta que han comenzado a correr como lava nada más conocerse la noticia de su muerte.
Recuerdo cuando llegó a mi pueblo para inaugurar una calle a la que se dio su nombre. Iba acompañado (como siempre) de Pilar del Río, su inseparable compañera. Lo recuerdo con andares solemnes, erguido, con sonrisa franca abierta permanentemente a la gente. Veía el mundo que criticaba como una obra imperfecta, y en sus obras nos dejó claro las constantes trampas en las que caemos. A pesar de su mundanal negativismo, era un hombre abierto y accesible a todos, disfrutaba viéndose rodeado de gente; y no era vanidad, ni mucho menos, más bien las ganas de comunicarse con todos, sentir su presencia cercana, sus problemas; hacerse solidario de sus sufrimientos. Este "comunista hormonal" como él mismo se definía, fue sin duda un hombre llano y accesible. Un pensador de verdades auténticas que su pluma convertía en metáforas aleccionadoras, cuando no en filosofías verdaderas de las que nadie debiera rehuir. Un pensador es alguien que no le teme a la crítica porque, ante todo, conoce como nadie el compromiso y el valor que tiene la palabra. En este sentido, Saramago fue un pensador con mayúsculas.
Parte de sus cenizas descansarán para siempre, por deseo expreso, junto al viejo olivo que plantó hace tiempo pensando en lo irremediable. Confesó no temerle a la muerte; tal vez, nadie mejor que él sabía que no hay peor muerte que la de vivir de forma miserable atados al sufrimiento que supura el mundo del desarraigo.
Que la Nada que proclamaste y a la que la muerte hoy te entrega, te otorgue la Paz que mereces. Gracias a tus obras permanecerás para siempre entre nosotros.
martes, 20 de octubre de 2009
Revolución económica
Hola gente. Os dejo en la columna de la izquierda una reflexión sobre el panorama actual en el que estamos, y también algunos augurios sobre incertidumbres aún más crudas por llegar. Es una extensa reflexión y, a pesar de ello, he tenido que hacerla en clave de puntos y aparte debido a los muchos aspectos que toco; aún así varias cosas se me han quedado en el tintero. El momento que atraviesa el mundo en estos instantes me recuerda a lo que pudiera ser una etapa ciclista llena de repechos y falsos llanos; lo que en el argot ciclista denominan una etapa "rompe piernas", aunque en el caso que me ocupa más bien diría "empobrecimiento progresivo de la ética y el bienestar"; algo rebuscada la equivalencia, pero real. Lo dicho, a quienes les guste el debate y les apetezca leer, ahí os dejo "triguillo" para que aportéis lo que os venga en gana. Se admiten todo tipo de comentarios; incluso los más desagradables. Somos una sociedad de seres libres (juas).
Para quien quiera leer el artículo sin necesidad de descargarlo, os dejo el siguiente link:
http://content.yudu.com/Library/A1i1hw/Revolucineconmica/
Haciendo clic en la esquina que aparece doblada irán pasando las hojas. Salud
Para quien quiera leer el artículo sin necesidad de descargarlo, os dejo el siguiente link:
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jueves, 20 de agosto de 2009
Breve nota de verano
Han concluido las vacaciones. Mi estancia en el Levante español ha sido tranquila, aunque esta vez, por prescripción médica, he tenido que evitar al sol mucho más que otros años. A pesar de la crisis, la playa estaba a rebosar. Leí que este verano iba a ser el de las tres "Pes": Playa, Paseo, y Pipas, y no ha ido muy desencaminado el ocurrente augur a la sazón. Pero a la gente le basta con verse frente al mar, y poderse dar un chapuzón en la playa. Las jaimas son cada vez más voluminosas (o eso me parece a mí), y bajo estas improvisadas parcelas de lona, la gente se siente durante unas horas dueña de una parte de la playa, y se dispone a echar el día hasta vaciar las neveras. A la sombra de estos inventos morunos, que ya son parte del paisaje en cualquier playa, las abuelas vigilan a los nietos, mientras los hijos (y a veces ellas) se entretienen con juegos de mesa mientras beben las cervezas o los refrescos que guardan en las neveras. Hay, incluso, quienes escarban en la arena hasta hacer un hoyo en el que quepa el melón que el agua del mar se encargará de mantener a punto. A otros les da por sestear, porque el bullicio de la concurrencia les trae al pairo; es más, incluso llegan a percibirlo como una musiquilla lejana que acompasa a sus ronquidos.
Los chiringuitos los he encontrado menos concurridos que otras veces, quizás les esté bien empleado a algunos por los abusos cometidos cuando las vacas eran gordas. Olvidaron que también existe el karma en los negocios: siempre se recoge lo que se siembra. Cuando se siembran abusos es muy fácil recoger desbandadas. Lo de "hacer el agosto" es la consigna en la que muchos se han venido aplicando de forma escandalosa. Pero este año a las vacas gordas se les han secado las ubres, y no han dado para mucho.
Retomo lo expresamente lúdico, y me olvido del sablazo que me dieron por una ración de gambas con añadido ensaladero de dudosa presentación. Ya lo dice Serrat en una de sus canciones: no hay que confundir valor y precio. Pero los hay que no se enteran.
Algunos chiringuitos recurren a la cosa del meneíto como fórmula de reclamo, y observo como en una de estas terrazas playeras un par de jóvenes se contonean a punto de descoyuntarse. La más atrevida exhibe sus pechos lozanos al son de Michael Jackson, que este año es más moda que nunca. Los carroñeros de siempre son expertos en festejar la muerte del mito con la rentabilidad que siempre supone su revival. Continuo divagando y me pregunto bajo el sopor de mi sombrero cuánto les habrán pagado a las jóvenes animadoras, compulsivas incansables del Thriller y otros ritmos, por sus muchas horas de inagotable cimbreo; mi hija me dice que apuesta a que no más de cinco euros la hora, y yo le digo que por ese precio no hay cuerpo que aguante semejante entrar en trance. Pero a pesar del señuelo playero, la gente no se deja arrastrar facilmente hasta la barra, ni se atreve a sentarse en una mesa por miedo a que le claven. No consumen, como mucho, la euforia de la música les lleva a compartir una cerveza. La mayoría se conforman con observar sentados desde la arena a las ninfas bronceadas que continuan danzando como posesas, émulas del inolvidable clásico de Sidney Pollack. La sensualidad y el descaro de las jóvenes gogós es una alternativa refrescante. Aún danzarán algunas horas más, probablemente hasta que el sol decline y la gente comience a desmontar sus tenderetes; luego entrará en juego la noche y el botellón colectivo, coartada de una berrea sutil inconfesable, desbordante de alcohol y testorena, sobre la que el inolvidable Camus, agudo observador de hordas y delirios, volvería de nuevo a purificarse presintiéndose una vez más inocente en medio del gentío. Es la estampa de nuestro siglo, el diseño de la nueva bandera que los tiempos nos han traído, la de la consigna nietzscheana del Carpe Diem, unida a aquella otra de Sigmund Freud: el sexo es el motor de la vida.
La España de Machado no nos queda tan lejos. Las fiestas de agosto se suceden en uno y otro pueblo, y las ventas ambulantes se pueblan de nómadas que lo han apostado todo a la cosa de intentar comer del quiosco o el mercadillo.
No me quedo a comprobar el hasta cuando de la danza y el bullicio playero, soy hombre de sol lo justo, y por lo que respecta al mar, me subyuga tan sólo su silencio, su mensaje encriptado irresoluble, ese empequeñecer en el que entro cada vez que trato inutilmente de adivinar sus contornos. Me retiro a mi Capua particular, un pequeño bungalow cerca de Santa Pola, como lo hacen las aves que veo regresar a los humedales. Las ánades comienzan a tintar las charcas de súbito colorido con sus vistosos plumajes, y el de algunos pelícanos fucsia junto a un puñado de elegantes zancudas. Reconozco cercanos sus familiares ululatos. Comienza el recogimiento, la cita puntual con los inefables ritmos del orbe, a pesar de que el sol aún se resiste a caer tras el horizonte. Mañana será otro día, forzosamente repetitivo y bullicioso, desbordante de música invisible y azulada; como una breve nota de verano que presagiara lo que en breve será, nuevamente otoño.
Los chiringuitos los he encontrado menos concurridos que otras veces, quizás les esté bien empleado a algunos por los abusos cometidos cuando las vacas eran gordas. Olvidaron que también existe el karma en los negocios: siempre se recoge lo que se siembra. Cuando se siembran abusos es muy fácil recoger desbandadas. Lo de "hacer el agosto" es la consigna en la que muchos se han venido aplicando de forma escandalosa. Pero este año a las vacas gordas se les han secado las ubres, y no han dado para mucho.
Retomo lo expresamente lúdico, y me olvido del sablazo que me dieron por una ración de gambas con añadido ensaladero de dudosa presentación. Ya lo dice Serrat en una de sus canciones: no hay que confundir valor y precio. Pero los hay que no se enteran.
Algunos chiringuitos recurren a la cosa del meneíto como fórmula de reclamo, y observo como en una de estas terrazas playeras un par de jóvenes se contonean a punto de descoyuntarse. La más atrevida exhibe sus pechos lozanos al son de Michael Jackson, que este año es más moda que nunca. Los carroñeros de siempre son expertos en festejar la muerte del mito con la rentabilidad que siempre supone su revival. Continuo divagando y me pregunto bajo el sopor de mi sombrero cuánto les habrán pagado a las jóvenes animadoras, compulsivas incansables del Thriller y otros ritmos, por sus muchas horas de inagotable cimbreo; mi hija me dice que apuesta a que no más de cinco euros la hora, y yo le digo que por ese precio no hay cuerpo que aguante semejante entrar en trance. Pero a pesar del señuelo playero, la gente no se deja arrastrar facilmente hasta la barra, ni se atreve a sentarse en una mesa por miedo a que le claven. No consumen, como mucho, la euforia de la música les lleva a compartir una cerveza. La mayoría se conforman con observar sentados desde la arena a las ninfas bronceadas que continuan danzando como posesas, émulas del inolvidable clásico de Sidney Pollack. La sensualidad y el descaro de las jóvenes gogós es una alternativa refrescante. Aún danzarán algunas horas más, probablemente hasta que el sol decline y la gente comience a desmontar sus tenderetes; luego entrará en juego la noche y el botellón colectivo, coartada de una berrea sutil inconfesable, desbordante de alcohol y testorena, sobre la que el inolvidable Camus, agudo observador de hordas y delirios, volvería de nuevo a purificarse presintiéndose una vez más inocente en medio del gentío. Es la estampa de nuestro siglo, el diseño de la nueva bandera que los tiempos nos han traído, la de la consigna nietzscheana del Carpe Diem, unida a aquella otra de Sigmund Freud: el sexo es el motor de la vida.
La España de Machado no nos queda tan lejos. Las fiestas de agosto se suceden en uno y otro pueblo, y las ventas ambulantes se pueblan de nómadas que lo han apostado todo a la cosa de intentar comer del quiosco o el mercadillo.
No me quedo a comprobar el hasta cuando de la danza y el bullicio playero, soy hombre de sol lo justo, y por lo que respecta al mar, me subyuga tan sólo su silencio, su mensaje encriptado irresoluble, ese empequeñecer en el que entro cada vez que trato inutilmente de adivinar sus contornos. Me retiro a mi Capua particular, un pequeño bungalow cerca de Santa Pola, como lo hacen las aves que veo regresar a los humedales. Las ánades comienzan a tintar las charcas de súbito colorido con sus vistosos plumajes, y el de algunos pelícanos fucsia junto a un puñado de elegantes zancudas. Reconozco cercanos sus familiares ululatos. Comienza el recogimiento, la cita puntual con los inefables ritmos del orbe, a pesar de que el sol aún se resiste a caer tras el horizonte. Mañana será otro día, forzosamente repetitivo y bullicioso, desbordante de música invisible y azulada; como una breve nota de verano que presagiara lo que en breve será, nuevamente otoño.
lunes, 12 de enero de 2009
Sobre curiosas analogías
Hay relaciones curiosas, y al hilo de alguna que otra asociación entre conceptos, aflora muchas veces un lenguaje prodigioso. A los poetas, pongo por caso, se les supone la capacidad de resumir en un sólo verso un mundo caleidoscópico de imágenes. Un espacio en blanco puede significar un silencio, o la situación de un invidente si el escritor nos está hablando de un ciego. No ven pero escuchan. Una buena narración les puede hacer volar. Imaginar seres y espacios que sus ojos nunca verán. La lectura de los ciegos sólo es “en blanco”, palpando pequeñas prominencias tácitamente codificadas.Cabe pensar que de esta facilidad que tenemos para relacionar palabras con imágenes surgió una comunicación íntima, prolija y misteriosa. Nuestra facultad de imaginar dio sentido al cuento, y aprendimos a recrear en nuestra imaginación lo que el escritor supo urdir mágicamente con la letra.
Viremos de camino y entremos ahora en el subconsciente de otras analogías; como por ejemplo el mundo fascinante de los colores ¿Quién de vosotros no asoció en algún momento el rojo con la violencia, con la estridencia de la sangre, o con el ardor secreto que embriaga a los amantes? Si por esta senda de las policromías nos topamos con el azul, muchos dirán de inmediato que fueron los celos quienes forjaron este color, o la percepción impresionable de algún poeta sumergido en su mundo mientras buscaba armonías. El azul es mi color, el de la rosa imposible sobre la que ya escribiera en algún cuento. La euforia de los sapos que le trovan incansables a la noche, también el nombre de la ciudad que habitan las nostalgias. Si hablamos del negro, ¿quién de vosotros, en algún momento, no lo asoció a la muerte, o al color bajo la venda que ciega los ojos del condenado, mientras las puntas de veinte fusiles arañan su aliento. También el negro es el color de la luz boca abajo, el de la oruga en su nicho, el del adúcar de la mariposa que espera paciente su primer vuelo. El rosa es el color de la confusión entre sexos. Este color es ambivalente y da mucho juego, es festivo, estridente, informal; para los conservadores de las formas un insulto. Pero también la frivolidad del rosa se opone al rigor de la llaga de Cristo, y se reconoce en el matiz que colorea el envés del sexo. Rosa es el color del tren del pasado que los años tornaron en sepia. El color de la herida que sangra cuando la lanza de la nostalgia hurgó certera en la fragilidad de un olvido.
lunes, 5 de enero de 2009
DE BLOGS Y CONECTIVIDADES
A veces nuestra capacidad de observación se entretiene con algunas percepciones en las que rara vez se repara (de esto saben mucho los surrealistas). Una impresión de este tipo me llevó a pensar en el sentido de los blogs que circulan en cantidades ingentes a través de la red. Me dio por imaginar de pronto, que los blogs son algo así como pequeños mundos unipersonales que flotan en el ciberespacio con corazón propio. Un blog (que casi nunca es colectivo por más que uno se empeñe) es el portavoz de un estado de ánimo intransferible; un ágora de meditación personal cuyos soliloquios se empaquetan en archivos y se lanzan a la red a buscar los ojos del mundo, porque ¿alguien se imagina qué sentido tendría un blog sin posibilidad de viaje? Todo el esfuerzo realizado quedaría abocado a un mero amasijo de archivos encerrados (y finalmente destruídos) en las tripas de nuestra computadora; tal y como ocurría hace años, cuando lo que se pretendía comunicar sólo era posible a través del teléfono o las consabidas cartas ¡Cuántos científicos, mujeres y hombres de letras, suicidas o enamorados, habrán guardado sus reflexiones o "estados de ánimo" en un cajón que, con el tiempo, alguna mano anónima hizo desaparecer para siempre ¡Qué lástima me produce el intento fallido de la palabra que no llegó a decirse. La carpeta donde quedaron nuestras "pequeñas cosas" (como dice Serrat) y que el tiempo se llevó para siempre junto al humus de los años que fueron forjando las polillas, o la familiar carcoma que, con monótono sonido, devastaba incansable por las noches el viejo aparador! Tengo la delirante impresión de que un blog es una curiosa mutación del yo que busca prolongarse para huir de lo extinto que subyace en nosotros, conscientes de que sólo somos una breve semilla de olvido inevitable. También un blog puede llegar a ser, sin embargo, la fuerza invisible que provocó tu lágrima, cuando una de estas esferas del ciberespacio consiguió contagiarte su "estado de ánimo" mediante un verso, o logró que viajaras con una imagen, o consiguió estremecerte con una música que te cogió por sorpresa, o suscitó tus recuerdos con un simple hilar de palabras boceto incontenible de una emoción concreta; subjetiva, inoportuna o, tal vez, demasiado certera. Asumo con satisfacción que, por primera vez, el mundo está más interconectado que nunca; aunque no por ello, esta realidad esté basándose en una comunicación equilibrada en lo aconsejable y veraz en la intención. Interconectadas están también mi lavadora, la lámpara de la mesilla, mi televisión o mi cafetera, y no por eso entienden nada sobre la energía misteriosa que hace que eso sea así. Interconectada está la bala que en un mismo segundo mata a inocentes en distintos lugares de la Tierra, y no por eso saben qué es lo que ocurre en el mundo para que eso sea así. Interconectados están los cerrojos que abren y cierran las celdas de mil cárceles del mundo con diferente suerte para quienes entran o salen de ellas, sin que condenados ni absueltos conozcan realmente la oscura razón que deteminó su "suerte". Conocer no siempre es saber. Sólo sabe quien se cuestiona. Por las noticias conocemos pero no por eso sabemos más. Las noticias forman hoy un paradójico binomio: a mayor información mayor desconocimiento. Quizá en otro momento mi "estado de ánimo" se vea abocado a hablar de "calidad y finalidad de la información en nuestros días" (bonito título para un libro). Volumen de información sólo significa cantidad, pero también saciedad, reiteración sobre las mismas cosas y los mismos hechos, sin que la terca experiencia sirva para que crezcamos en lo sustancial de nuestra esencia: lo humanístico. Información puede llegar a ser, y de hecho lo es, saciedad, reiteración, hartazgo, y en su versión más negativa arcada, rutina, disolución, voluntad de desapego informativo como mecanismo de defensa ante tanta indigestión de mentira... Dije que un blog es un "estado de ánimo", aunque ya veis que a veces es también un "estado de sitio". Durante estas fiestas de carnaval y esperpento me he querido divorciar del mundo. Me encuentro en estado laxo (o eso quisiera) como mi lavadora o mi maquinilla de afeitar, y ya no sé qué es lo que más me confunde, si el trasiego de caretas que obsevo estos días junto al mecánico descorchar del cava, o el genocidio que Israel, pongo por caso, está llevando a cabo en Gaza bajo la estrella mentirosa de la Paz como testigo ¿Tuvo algo que ver la coincidencia festiva? ¿La ventana satisfecha del mundo mirándose estos días su bullicioso ombligo?, o es simplemente que los bombarderos judíos se pusieron nerviosos, o que a la conectividad de las Fiestas Navideñas y a Oriente Medio les ocurre lo mismo que a mis electrodomésticos, que desconocen la fuerza misteriosa (en este caso del odio) que los mueve ¡Qué miedo y qué asco las incertidumbres de todos los principios de siglo! Estamos en plena metáfora de Bertolt Brecht; ya sabeis: nosotros no somos negros. Mañana tocará África, algún lugar de Sudamérica o, tal vez, el continente asiático..., ¿o está siendo hoy? Temo acabar siendo negro, o padecer la misma ignorancia que mis electrodomésticos, y no llegar a entender nunca qué ocurre en realidad conmigo, las noticias, la prensa, los telediarios, internet, y este perro mundo.
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